Mensaje del Padre Miguel Romero

No es el fuego ni el terremoto lo que trae a Dios, en este caso; es una brisa suave. En la batalla contra sus enemigos Dios muestra su grandeza pero con sus amigos lo que deja ver su cercanía. Aquella brisa que refresca, que serena, que acaricia, es señal del amor y de la palabra del Amigo. En el evangelio, en cambio, se da el caso de una brisa impetuosa. Pedro camina sobre las olas pero el vigor del viento contrario le hace dudar. El hilo de fe que lo une a Jesús se rompe por un momento, Pedro falla en su confianza y el hombre empieza a hundirse entre las olas.

 

Destaquemos dos cosas, aprendiendo de la experiencia de otro. Primero, que Pedro se hunde cuando mira más a las dificultades que a Jesús. Una vez que ha apartado su mirada del Señor, es tan vulnerable e indefenso como cualquier puesto en medio del mar. Pero en segundo lugar, aprendamos de Pedro a acudir al mismo Señor al que le hemos fallado. Su fe ha trastabillado pero la humildad le permite exclamar: “Señor sálvame” La humildad, principio de arrepentimiento, de algún modo sana lo que le falta de fe la que se había perdido.

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